Interiores: del pensamiento a la línea. ¿Palabras escritas para el regocijo de sí mismo? ¿O exploración de un lector interesado por la subjetividad del otro?

Este planeta es de todos y de todas y, principalmente, de nadie. Otra cosa distinta es que haya mansedumbre, candiles de escolta y portales sombríos a donde el arco iris no llega nunca. En realidad, este planeta es como una caja de cristal con sus parajes opacos: unos encrespados rivalizando tenderetes sibilinos de compra y venta impenetrables, pero no enigmáticos; otros, tratando de restituir el principio del afecto, de la ternura y del apoyo, tres adjetivos constantemente a ganar aun sabiendo que cuesta lo que cuestan vidas en un planeta que no es de nadie.

La criminalidad es un término que define, a lo largo de la historia, al ser humano. Todos somos al tiempo testimonio destructivo de nosotros mismos. Nos representamos en un escenario fabricado a la satisfacción de una civilización perversa, creyendo que cualquier partícula de violencia o amabilidad pertenece al origen de malos o buenos, a la naturaleza de hombre y mujer. De esta forma, consentimos y desplazamos la ignorancia a la cabeza de nuestras respuestas, con ayuda de los dioses y sus reglamentos, por supuesto. Si torcemos esa cabeza hacia los múltiples canales de la historia, nos topamos con mares de sangre y tierras desérticas de apoyo, protección y defensa, sin más obra que una especie de jungla, por donde corremos frenéticamente entre el fango y el oro, y sobre todo cada cual con su coartada prendida en ramas de borrón y cuenta nueva. La sociedad civilizada desconoce tenazmente su propia derrota  y no entiende que el hecho de asomar la tristeza por los ojos de un niño en cualquier parte del  planeta, es suficiente para derribarla. Mientras tanto, cuando brilla la luna, el hombre ahuyenta a los lobos y toma en su lugar los valles. Venimos haciendo esto desde el principio de los tiempos.

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